Posteriormente, el virrey Diego López de Zúñiga y Velasco, Conde de Nieva, dispuso trasladar el rollo cerca al río, en la actual Estación de Desamparados. Esta medida se justificó en el hecho de que se iniciaron los trabajos para colocar en el centro de la plaza una pileta. Ese rollo fue regresado a la Plaza Mayor y ubicado en el lado sur de la misma en el Callejón de Petateros donde hoy se abre el Pasaje Olaya. Finalmente, en 1668, el virrey Pedro Antonio Fernández de Castro, Conde de Lemos, dispuso que el rollo se trasladara a la Plaza de Santa Ana pero, debido a casos de crímenes menores, regresó al año siguiente a su ubicación en el Callejón de Petateros.
La primera pileta que se construyó en la plaza la mandó construir el virrey Francisco Álvarez de Toledo y fue inaugurada el 21 de octubre de 1578. Consistía de un balaustre y una sobretaza, y en ella ocho mascarones con sus caños por donde caía el agua en la taza mayor. Encima de la sobretaza tenía una bola, la cual despedía toda el agua para caer sobre la taza. Sobre la bola había una figura con un escudo a un lado con las armas de la ciudad. En la mano tenía una bandera y en ella esculpidas las armas del virrey Toledo. El remate de la sobretaza fue hecho por los plateros Miguel Morcillo y Juan Ruiz. Un acta inédita del Cabildo de la ciudad correspondiente al año 1630 nos hace saber que además de los escudos de Lima y de Toledo, la fuente tenía los blasones de España y de Francisco Pizarro.
Esta pileta fue reemplazada por otra mandada hacer por el virrey García Sarmiento de Sotomayor, Conde de Salvatierra, e inaugurada el 8 de septiembre de 1651, la que con algunas refacciones, se mantiene hasta la actualidad. Su diseño se debe al escultor Pedro de Noguera. Durante la época virreinal, la plaza mayor sirvió como mercado, como plaza de toros y como sitio de ejecución de los condenados. Asimismo se desarrollaron en ella los autos de fe que celebró el Santo Oficio de la Inquisición de la que uno de los tres tribunales que tenía en América se encontraba en Lima. El primer auto de fe se celebró el 15 de noviembre de 1573 y en este se dictó la primera condena a ser quemado en toda América. El condenado Mateo Salado fue ejecutado ese mismo día en el «quemadero» que se ubicaba aproximadamente donde hoy se encuentra la Plaza de toros de Acho.2
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